Fotografía gastronómica

Cosas que me gustaría fotografiar: una vendimia

Las ganas de recorrer Argentina con mi cámara, conocer a las personas detrás de nuestros alimentos y documentar los oficios y procesos que forman parte de nuestra cultura. La vendimia es uno de esos proyectos que me gustaría fotografiar.

Casa en Livorno, Italia, donde me alojé durante mi experiencia conociendo el proceso de elaboración del aceite de oliva.

Cosas que me gustaría fotografiar: una vendimia

En el último tiempo descubrí que me interesan mucho las personas detrás de los proyectos, que me interesa conocer realmente cuál fue su recorrido hasta llegar a donde están. Pienso que parte de mi trabajo, para lograr transmitir lo que cada marca es, consiste en descubrir qué sucede antes de que un producto llegue a nuestra mesa, cuántas personas participan, cuánto tiempo lleva producirlo y qué conocimientos se transmiten de una generación a otra.

Entre todos los proyectos de fotografía documental que me gustaría realizar en Argentina, hay uno al que vuelvo constantemente: la vendimia.

Todo lo que sucede antes

Me gustaría fotografiar una vendimia en Argentina y conocer todo el proceso que hay detrás de una botella de vino.

Estar en el viñedo cuando empieza la jornada, acompañar a quienes cosechan, conocer sus historias y entender cómo es su trabajo. Seguir el recorrido de la uva hasta la bodega, observar los procesos de elaboración y descubrir cuántas personas intervienen antes de que ese vino llegue a una mesa.

Hace algunos años viví con una familia irlandesa-italiana en Montone, un pueblo de la provincia de Perugia, en Italia. Tenían muchos olivos jóvenes y, durante mi estadía, hicimos la recolección de aceitunas entre toda la familia y algunos vecinos.

Después, ellos se encargaron de llevar las aceitunas a una planta donde extrajeron el aceite. Nosotros simplemente lo probamos. Sentí que había participado en una parte del proceso, pero después me habían traído directamente el producto terminado. Necesitaba saber cómo había sido ese recorrido.

Un mes después estaba en Livorno, una ciudad de la Toscana, y, sin saber nada de todo esto, la mujer con la que estaba trabajando me llevó a una pequeña planta de extracción de aceite. Ahí pude ver todo el recorrido de las aceitunas hasta convertirse en aceite de oliva.

Me encantó poder conocer las dos partes del proceso, aunque fuera en lugares y momentos diferentes.

Cuando fotografío gastronomía, muchas veces trabajo con el producto terminado. Un plato que sale de la cocina, una botella que se abre o una mesa preparada para recibir a alguien.

Pero cada vez me interesa más lo que sucede antes. Conocer a quienes producen esos alimentos, los lugares donde trabajan y todos los pasos que hay detrás de algo que después consumimos casi sin pensarlo.

Y, sobre todo, descubrir aquellas cosas que todavía no sé que quiero fotografiar.

El valor de los procesos manuales

Tengo la sensación de que, en una época en la que buscamos hacer cada vez más cosas en menos tiempo, estamos perdiendo de vista el valor de los procesos manuales.

Nos acostumbramos a ver el resultado, pero pocas veces conocemos todo el trabajo que lo hizo posible.

Detrás de una botella de vino hay decisiones, conocimientos, condiciones climáticas, trabajo físico y muchísimas horas. Hay personas que conocen su tierra, que aprendieron un oficio y que saben reconocer cosas que alguien ajeno a ese entorno probablemente pasaría por alto.

Me interesa especialmente ese conocimiento que se adquiere haciendo. El que no siempre está escrito, pero que se transmite trabajando junto a otras personas.

Y siento una necesidad cada vez mayor de registrar esos procesos a través de la fotografía, de documentar los oficios y las personas que forman parte de nuestra cultura gastronómica.

No solamente para mostrar cómo se elabora un producto, sino para contar las historias de quienes lo hacen posible. Me gustaría que el tiempo, el conocimiento y el cariño que hay detrás de cada trabajo también tengan un lugar en las imágenes.

Hay cosas que necesitan haber sucedido

Hace unas semanas escribí sobre la inteligencia artificial y cómo cambia nuestra percepción de ella cuando empieza a intervenir en nuestros propios oficios.

Y hay algo de todo esto que me hace volver a pensar en ese tema.

Hoy podemos generar en cuestión de segundos una imagen de una vendimia. Podemos representar un viñedo al amanecer, personas cosechando uvas y una bodega llena de barricas.

Pero esas imágenes no son el registro de una vendimia real.

No nos cuentan quiénes son esas personas, cómo fue esa cosecha, qué dificultades encontraron durante el año o qué significa para ellas trabajar esa tierra.

Para mí, ahí aparece una diferencia importante entre representar un proceso y documentarlo.

Cuando llego a fotografiar un lugar, siempre hay cosas que no conozco. Puedo haber preparado la sesión, investigado el proyecto y tener bastante claro qué imágenes quiero conseguir. Pero después llego, conozco a las personas que trabajan ahí, empiezo a conversar con ellas y descubro historias que no tenía previstas.

La mayoría de las veces termino fotografiando cosas que ni siquiera sabía que iba a encontrar.

Y creo que esa es una de las partes que más disfruto de mi trabajo.

No me interesa solamente conseguir una imagen visualmente atractiva. Me interesa saber qué estoy fotografiando, quiénes son las personas que aparecen en ella y qué historia hay detrás.

Una imagen generada puede representar un oficio, pero documentarlo implica acercarse a quienes lo practican.

Conocer mi país de la mano de quienes lo trabajan

Hay algo de viajar por trabajo que me gusta especialmente: la posibilidad de conocer lugares a los que quizás nunca habría llegado por mi cuenta.

Después de haber trabajado para restaurantes y hoteles en España y Portugal, tengo muchas ganas de llevar esa experiencia a distintas provincias argentinas.

Trabajar para Guía Repsol me abrió un mundo de oportunidades, pero también de conocimiento. Para mí, no había nada mejor que llegar a un restaurante y encontrarme con su dueño o con un camarero que llevaba años trabajando ahí.

Terminar la sesión y quedarme charlando sobre lo que significaban para ellos su producto, su espacio y su trabajo. A veces esas conversaciones terminaban siendo una de las partes más interesantes de la jornada.

Varios años atrás viví en Alicante. Ahí fue donde conocí el mundo de la gastronomía. Quizás no la mejor gastronomía, precisamente. Trabajé en lugares donde el único objetivo parecía ser servirle cerveza al guiri y ganar plata a costa de los empleados. Lugares donde importaba bastante poco el producto, las personas que trabajaban ahí o cualquier cosa que no fuera facturar.

Pero, curiosamente, el tiempo me volvió a llevar al mismo lugar. Esta vez como fotógrafa, trabajando para Guía Repsol, y me permitió conocer otra cara de Alicante.

Conocí a alicantinos que aman su producto, su tierra y su trabajo. Personas que tenían ganas de contarme lo que hacían, de dónde venían sus ingredientes y por qué hacían las cosas de determinada manera.

Volví a un lugar que ya conocía, pero esta vez pude descubrirlo a través de personas que me mostraron una gastronomía completamente distinta.

Me gustaría hacer algo parecido en Argentina.

Conocer nuestro territorio de la mano de las personas que viven y trabajan en él. Escuchar cómo describen su tierra, qué significa para ellas producir sus alimentos y cómo es su relación con el lugar donde crecieron o eligieron quedarse.

Intentar capturar algo de todo eso con mi cámara.

No me interesa solamente fotografiar paisajes o mostrar cómo se produce un alimento. Me interesa entender qué relación existe entre las personas, su trabajo y el territorio.

En el caso de la vendimia, me encantaría trabajar con bodegas y productores argentinos, acompañar el proceso desde el viñedo hasta la bodega y conocer a quienes participan en cada etapa.

También me gustaría descubrir cómo cambia ese proceso de una región a otra, qué tradiciones se conservan y qué historias tiene cada lugar.

Fotografiar para conservar

No creo que una fotografía pueda mantener vivo un oficio por sí sola. Pero sí puede contribuir a conservar su memoria, hacerlo visible y despertar curiosidad por las personas que lo practican.

Cada vez tengo más ganas de dedicar una parte de mi trabajo a registrar esos procesos. A conocer las historias de las personas que están detrás de nuestros alimentos y fotografiar sus espacios, sus herramientas y sus maneras de trabajar.

Quiero seguir haciendo fotografía gastronómica, pero también quiero acercarme cada vez más a todo lo que sucede antes de que un alimento llegue a nuestra mesa.

Me gustaría recorrer Argentina con mi cámara, conocer otras provincias y aprender de las personas que trabajan nuestra tierra.

Tengo una lista bastante larga de proyectos que me gustaría fotografiar. La vendimia es uno de ellos, pero también me encantaría conocer el trabajo de los pescadores, pasar una madrugada dentro de un obrador de pastelería o acompañar a pequeños productores durante una jornada.

No sé cuál de todos esos proyectos llegará primero, pero tengo muchas ganas de empezar.

Quizás sea una vendimia.

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